Barranquilla: el año que se mide en carnaval
Cuatro días de fiesta que en realidad duran doce meses. Sobre las casas donde se cose, se ensaya y se hereda un disfraz.
El calendario invertido
Quien llega a Barranquilla en febrero cree estar viendo el Carnaval. Está viendo su desenlace. La fiesta ocurre durante cuatro días, en las jornadas anteriores al Miércoles de Ceniza, pero se fabrica durante el resto del año en patios, salones de ensayo, talleres de modistería y casas de barrio.
Volvimos al sitio en septiembre, deliberadamente fuera de temporada, para ver esa otra parte. Y lo que encontramos fue trabajo: máquinas de coser, moldes, plumas clasificadas por color, madres midiendo a hijas, grupos de danza repasando pasos en un patio con una grabadora vieja.
Cuatro días de calle exigen doce meses de patio. Esa proporción es todo lo que hay que entender.
Una fiesta de sedimentos
El Carnaval de Barranquilla no fue inventado: se fue depositando. Su repertorio combina herencias europeas de las fiestas de carnestolendas, tradiciones africanas traídas por las poblaciones esclavizadas del Caribe y elementos indígenas de la región, más las capas propias que la ciudad fue agregando en el siglo XX.
Eso explica su enorme variedad interna. Están las danzas de tradición larga, como el congo y el garabato; están las cumbiambas; están las comparsas modernas; y están las máscaras y personajes de invención popular, como la marimonda, que es un disfraz nacido en la ciudad y hoy uno de sus emblemas más reconocibles.
Cada uno de esos elementos tiene su propia genealogía, sus familias asociadas y su manera particular de transmitirse. No hay un carnaval: hay muchos, coincidiendo cuatro días en las mismas calles.
Las casas
Lo que más nos interesó fue el modo de transmisión. En muchos casos, la pertenencia a una danza o a una comparsa es un asunto familiar de varias generaciones. Se entra de niño, se aprende mirando, se recibe un traje que un pariente usó antes y que se ajusta al cuerpo nuevo.
En esas casas el carnaval no es evento sino continuidad. Los trajes se guardan, se remiendan, se rehacen. Hay una economía doméstica alrededor: quien cose, quien arma tocados, quien repara instrumentos, quien enseña los pasos a los que van entrando. Buena parte de eso ocurre sin contrato y sin factura, sostenido por la costumbre.
El reconocimiento y sus efectos
A comienzos de este siglo el Carnaval recibió dos declaratorias importantes: primero el reconocimiento nacional como patrimonio cultural y poco después la distinción de la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Esas declaratorias trajeron recursos, atención internacional y turismo. También trajeron una discusión que sigue abierta en la ciudad: cómo evitar que la fiesta se convierta en espectáculo para tribunas pagas y pierda la parte de calle, la del barrio, la que no se cobra. Es la tensión clásica del patrimonio inmaterial. Protegerlo implica institucionalizarlo, e institucionalizar una fiesta popular siempre le quita algo.
El riesgo del patrimonio no es el olvido. Es la vitrina.
Los cuatro días
Cuando llega la fecha, la ciudad cambia de reglas. Hay desfiles grandes y hay fiestas de barrio, hay recorridos oficiales y hay carnaval que sucede donde le da la gana. El calor es intenso, el ruido es continuo y hay una tolerancia general al desorden que dura exactamente lo que dura la fiesta.
El cierre tiene una elegancia que nos parece de las mejores cosas de la cultura popular colombiana: el último día se entierra a Joselito, un personaje simbólico que representa la fiesta misma, en un funeral paródico con lloronas, borrachos y viudas fingidas. Se llora a gritos por algo que todos saben que va a resucitar en un año.
Es una manera de decir que la alegría también tiene calendario y que hay que aceptar su final. Pocas tradiciones se despiden de sí mismas con tanto humor.
Después del miércoles
Volvimos otra vez, ya pasada la temporada, cuando la ciudad recupera su ritmo laboral. Las calles limpias, el tráfico normal, ningún rastro visible.
Pero en los patios ya estaban trabajando. Se hablaba de lo que había salido bien y de lo que había que corregir, se guardaban trajes, se planeaban cambios para la siguiente edición. La fiesta acababa de terminar y ya había empezado.
Esa es, al final, la razón de su permanencia. No sobrevive por las declaratorias ni por el presupuesto, aunque ambos ayuden. Sobrevive porque en decenas de casas de la ciudad hay gente que, en cualquier mes del año, está haciendo algo con las manos para que en febrero salga a la calle. Es una fiesta que se sostiene igual que se sostienen los oficios: por repetición y por herencia.
El riesgo del patrimonio no es el olvido. Es la vitrina.
Temas
Expedientes de las declaratorias patrimoniales del Carnaval y trabajo de campo en talleres y grupos de danza fuera de temporada.
Apéndice
- Los cuatro dias previos al Miercoles de Ceniza
- Patrimonio Cultural de la Nacion en 2001
- Reconocido por la Unesco en 2003
- La Batalla de Flores, con antecedentes desde 1903
Quien escribe
Escribe despacio y publica poco. Defiende la crónica como forma de archivo emocional de un país.
