La filigrana: el hilo que no se ve
Un oficio que consiste en estirar la plata hasta volverla hilo y después tejerla. Perfil de una técnica momposina que se mide en horas de mesa.
Un oficio de milímetros
En Mompox hay talleres pequeños, casi siempre en la casa del artesano, donde se hace filigrana. Desde la calle no se ve nada: una puerta abierta, un ventilador, una mesa de trabajo con una lámpara encima y alguien inclinado sobre algo diminuto.
La filigrana consiste en estirar el metal hasta convertirlo en un hilo finísimo, torcerlo, aplanarlo y con él construir una pieza: un marco de contorno y, adentro, un relleno de espirales y curvas que se sostienen entre sí. El resultado tiene una levedad engañosa. Un arete que pesa poquísimo puede haber tomado un día entero.
El material no es plata. El material es hilo de plata, que es otra cosa y se comporta distinto.
Cómo se hace
El proceso empieza fundiendo el metal y laminándolo hasta obtener un alambre grueso. Ese alambre se pasa repetidamente por una hilera, una placa con orificios de diámetro decreciente, hasta que alcanza el grosor deseado. Cada paso reduce un poco más y endurece el metal, que hay que recocer para que vuelva a ser dócil.
Después se toman dos hilos, se tuercen juntos y se pasan por un laminador para aplanarlos. Ese hilo trenzado y plano es el que se usa para rellenar, y su textura es lo que da a la filigrana su brillo particular, distinto al de una superficie lisa.
El armado se hace con pinzas finas sobre una plantilla. Se dobla, se corta, se acomoda pieza por pieza dentro del marco. Cuando todo está en su sitio se aplica soldadura en polvo y se pasa por el fuego. En ese instante, si el calor es excesivo, el hilo se funde y el trabajo de horas desaparece.
De dónde viene
La filigrana no es una invención local. Es una técnica antiquísima, presente en el Mediterráneo, en el mundo árabe y en Asia, que llegó a América con la orfebrería española, que a su vez la había recibido de la tradición andalusí.
Aquí encontró un terreno preparado. Las sociedades prehispánicas del actual territorio colombiano tenían una orfebrería de altísimo nivel, con dominio del oro, de las aleaciones y de técnicas de fundición complejas. El encuentro de esa tradición con la técnica europea produjo talleres coloniales de mucha calidad.
Mompox, por su posición en la ruta del Magdalena, fue uno de los centros donde eso ocurrió, y a diferencia de otros lugares no dejó de hacerlo.
El taller
Lo que uno encuentra hoy son unidades familiares. El aprendizaje ocurre en la casa: un niño empieza haciendo tareas simples, mirando, torciendo hilo, y años después arma piezas completas. No hay una escuela formal que reemplace ese proceso, aunque hay iniciativas de formación.
Ese modelo tiene una virtud y un riesgo. La virtud es que la técnica se transmite completa, con los detalles que ningún manual recoge. El riesgo es que si una generación decide dedicarse a otra cosa, la cadena se corta en un solo salto.
Un oficio no se pierde de a poco. Se pierde cuando una generación entera no lo aprende.
Lo que amenaza
Las dificultades son las de siempre en la artesanía fina: el precio del metal, la competencia de piezas industriales o importadas que imitan el aspecto sin el trabajo, la intermediación comercial que se queda con buena parte del margen y la dificultad para llegar a mercados donde se pague lo que la pieza cuesta.
Hay avances. La denominación de origen y los esquemas de comercialización directa han ayudado a que el comprador entienda la diferencia entre una pieza hecha a mano y una fundida en serie. Pero la conversación sobre precio sigue siendo dura.
La plata y el precio
La materia prima se compra por peso y su cotización cambia. Para un taller pequeño eso significa que el costo de una pieza no se conoce del todo hasta que se compra el metal, y que hay temporadas en que conviene tener existencias y otras en que conviene trabajar solo por encargo.
A eso se suma la merma. En el estirado, en el corte y sobre todo en la soldadura se pierde material, y buena parte de esa pérdida se recupera recogiendo limaduras y refundiéndolas. Los talleres barren su propio piso con cuidado, y eso no es una metáfora.
Las piezas
El repertorio tradicional incluye aretes, gargantillas, anillos, prendedores y trabajos de mayor tamaño para encargos especiales. Hay formas que se repiten y que un comprador atento reconoce: motivos florales, la mariposa, el pez, la argolla rellena.
Cada taller introduce variaciones, y quienes conocen el oficio distinguen una mano de otra por el grosor del hilo o por la densidad del relleno.
La mesa
Nos quedamos un rato mirando. La artesana trabajaba con pinzas sobre un marco del tamaño de una uña, poniendo espirales que ya venían enrollados en una bandeja al lado.
Le preguntamos cuántos iban en la pieza. No lo sabía de memoria, dijo, porque uno no los cuenta: se rellena hasta que no queda espacio.
Esa manera de medir el trabajo, no por unidades sino por la ausencia de vacío, describe bastante bien el oficio. Se termina cuando ya no cabe nada más.
Un oficio no se pierde de a poco. Se pierde cuando una generación entera no lo aprende.
Temas
Basado en documentación técnica sobre orfebrería en filigrana, expedientes de denominación de origen para la artesanía momposina y visitas a talleres familiares en Mompox.
Apéndice
- Tejido de hilo de plata torcido y laminado sobre un marco
- La hilera, placa de orificios decrecientes para estirar el alambre
- Tradicion mediterranea y andalusi llegada con la orfebreria española
- Orfebreria prehispanica de alto nivel tecnico en el actual territorio colombiano
- Aprendizaje familiar en talleres domesticos de Mompox
Quien escribe
Trabaja con archivos, actas y fotografías familiares. Reconstruye lo que la prisa dejó atrás.
