San Agustín: piedras con cara
En el sur del Huila hay cientos de esculturas talladas por una sociedad de la que sabemos poco. Crónica de una visita a la estatuaria más enigmática del país.
Bajar del carro y encontrarse mirado
Uno llega a San Agustín esperando arqueología y lo que encuentra son caras. Cientos de caras, talladas en piedra volcánica, distribuidas por las lomas del sur del Huila, muchas de ellas de pie sobre la hierba como si llevaran siglos atendiendo una fila.
El primer contacto es incómodo en el mejor sentido. Las figuras tienen ojos grandes, bocas abiertas, colmillos en muchos casos, y una frontalidad que no admite indiferencia. No son objetos que uno observa: son objetos que devuelven la mirada.
Hay lugares arqueológicos donde uno interpreta y otros donde uno, sencillamente, es interpelado. Este es del segundo tipo.
Lo que sí sabemos
La estatuaria de San Agustín fue producida durante un período largo por sociedades agrícolas del alto Magdalena, y las cronologías más aceptadas la sitúan a lo largo de varios siglos que cubren buena parte del primer milenio. No fue obra de una generación ni de un solo estilo: hay figuras esquemáticas y figuras muy elaboradas, hay tamaños que van de lo modesto a lo monumental.
La mayoría de las esculturas aparece asociada a contextos funerarios: montículos con estructuras de lajas donde se disponían sarcófagos de piedra, custodiados por estatuas. Es decir, no son monumentos aislados en el paisaje sino piezas de un sistema de enterramiento cuidadosamente construido.
También sabemos que trabajaron una piedra dura, de origen volcánico, con herramientas líticas, y que trasladaron bloques considerables por un terreno de pendientes fuertes. El esfuerzo implicado es una información en sí misma: habla de organización social, de excedente y de una idea muy firme de lo que había que hacer con los muertos.
Lo que no sabemos
Y ahí termina lo cómodo. No conocemos el nombre que esa gente se daba a sí misma. No tenemos escritura. No hay descendencia cultural directa e identificada que permita leer las figuras desde dentro, como sí ocurre en otros lugares del continente.
Las interpretaciones sobre lo que representan las estatuas (deidades, ancestros, chamanes en transformación, seres duales entre humano y felino) son hipótesis razonadas, no certezas. La recurrencia de rasgos felinos y de figuras con dos cuerpos superpuestos ha alimentado décadas de discusión académica sin cerrar el asunto.
Es un raro caso en que la honestidad intelectual consiste en decir que el sitio está bien documentado y mal comprendido.
El agua tallada
Entre todo el conjunto hay una obra que se sale de la categoría escultórica: la Fuente de Lavapatas, un lecho de roca en el curso de una quebrada que fue esculpido con canales, piletas y figuras de animales y personas, de modo que el agua corre por encima del relieve y lo activa.
Es difícil quedarse quieto frente a eso y no reconocer una inteligencia de diseño muy específica. No se talló una escultura y luego se le puso agua: se talló pensando en cómo el agua iba a recorrerla. La obra solo está completa cuando la quebrada la atraviesa.
Los primeros excavadores
Las noticias sobre las estatuas circulan desde tiempos coloniales, pero el estudio sistemático empezó a comienzos del siglo XX, con trabajos de campo que documentaron y publicaron el conjunto para el público académico internacional. Después vinieron décadas de excavación, de reconstrucción de contextos y, también, de guaquería.
Ese último punto pesa. Muchas piezas se movieron de su lugar original antes de que existiera cualquier registro, lo que significa que una parte de la información contextual (la más valiosa para un arqueólogo) se perdió para siempre. Una estatua sin su tumba es media estatua.
Lo que fue saqueado no solo se llevó objetos. Se llevó relaciones, que es lo que en realidad se estudia.
El paisaje como parte de la obra
Recorrimos varios de los sitios del conjunto, que no está concentrado en un solo punto sino repartido por un territorio amplio de lomas, cañones y quebradas, al lado del Magdalena todavía joven y encajonado.
Caminar entre uno y otro sector cambia la percepción. Estas comunidades escogieron altos con vista, sitios en relación con el río y con las montañas del Macizo. La ubicación no parece casual y probablemente formaba parte del significado. Un montículo funerario en un alto es una declaración de visibilidad.
Al final del día
La última visita la hicimos a última hora, con el parque casi vacío y el pasto húmedo. La luz de la tarde en el sur del Huila es larga y baja, y le da a la piedra volcánica un tono cálido que las fotos de mediodía no consiguen. Las sombras se alargan y las caras se acentúan.
Nos sentamos un rato en el pasto sin decir nada, que es lo mejor que se puede hacer allí. Alrededor, las figuras seguían con su gesto de siempre, ese que lleva más de mil años sin cambiar de expresión.
Volvimos con la sensación de haber estado ante un mensaje evidentemente dirigido a alguien, escrito con enorme esfuerzo y con una técnica cuidadosa, que sigue perfectamente legible en su forma y completamente cerrado en su contenido. Un archivo intacto en un idioma que nadie lee.
Un archivo intacto, escrito con enorme esfuerzo, en un idioma que nadie lee.
Temas
Bibliografia arqueologica sobre el alto Magdalena, expedientes de declaratoria patrimonial y recorrido por los sectores del parque.
Apéndice
- Alto Magdalena, sur del Huila
- Patrimonio Mundial de la Unesco en 1995
- Roca de origen volcanico
- Estatuas asociadas a monticulos y sarcofagos funerarios
- Excavaciones cientificas desde comienzos del siglo XX
Quien escribe
Trabaja con archivos, actas y fotografías familiares. Reconstruye lo que la prisa dejó atrás.
