Bibliotecas rurales: el libro que llega caminando
En veredas sin librería ni señal, la biblioteca es una sala pequeña, una caja de cartón o el lomo de un animal. Elogio de un servicio que se mide en distancia.
La palabra biblioteca, redefinida
Uno dice biblioteca y la cabeza dibuja un edificio: escaleras, estanterías altas, silencio institucional. En buena parte del país esa imagen no aplica. La biblioteca es un salón de veinte metros cuadrados junto a la escuela, con un ventilador que a veces sirve, cuatro estantes y un cuaderno de préstamos escrito a mano.
He recorrido carreteras secundarias durante años y he entrado a muchas de esas salas. Y sostengo, con toda la convicción que dan los kilómetros, que son una de las infraestructuras más eficientes del país por peso.
Una biblioteca rural no compite con internet. Compite con la nada, y por eso su margen de utilidad es enorme.
Una tradición más larga de lo que parece
Colombia tiene una relación institucional antigua con los libros: la Biblioteca Nacional, fundada en el siglo XVIII, es una de las más antiguas del continente. Pero la historia relevante para las veredas es otra, más reciente y menos solemne: la construcción de una red nacional de bibliotecas públicas que buscó dotar de una sala a cada municipio.
Ese esfuerzo, sostenido con altibajos durante décadas, produjo una capilaridad notable. No perfecta, no siempre bien dotada, con problemas crónicos de presupuesto y de personal, pero real. En municipios donde no hay librería, ni cine, ni sala de exposiciones, hay una biblioteca pública.
Y donde no la hay, alguien inventó una manera de llevarla.
Las bibliotecas que se mueven
De todas las formas del oficio, las que más me interesan son las itinerantes. Cajas viajeras que rotan entre veredas. Bibliobuses que hacen circuito. Y, en la región del Magdalena, el caso célebre de los libros transportados a lomo de burro hasta caseríos sin carretera, una idea que empezó siendo el proyecto personal de un maestro y terminó reconocida internacionalmente.
Lo que estos formatos entienden es algo que la ciudad olvida: en el campo el problema no es el interés, es la distancia. Una familia que vive a dos horas de camino del casco urbano no va a hacer cuatro horas de trayecto para devolver un libro. Si el libro no viaja, no se lee.
Esa inversión de la lógica (que la biblioteca se mueva y el lector se quede quieto) es una decisión de diseño elegante y barata.
Quién sostiene esto
Hay que decirlo con nombre de oficio, no de persona: los bibliotecarios rurales. Suelen ser una sola persona por sala. Hacen catalogación, préstamo, aseo, actividades para niños, alfabetización de adultos, apoyo a tareas escolares, gestión de conectividad cuando la hay y, con frecuencia, defensa del presupuesto ante la administración municipal de turno.
Es un cargo mal pagado, inestable en muchos casos, y sostenido por vocación en una proporción que debería avergonzar a quienes hacen los presupuestos. La continuidad del servicio depende demasiado de la terquedad individual.
Cuando un servicio público funciona gracias a la terquedad de quien lo presta, no está funcionando: está siendo subsidiado con voluntad ajena.
Lo que pasa adentro
Otra cosa que se aprende visitando: la biblioteca rural rara vez es solo biblioteca. Es el lugar con enchufes. Es el sitio donde se hace la reunión de la junta de acción comunal. Es donde los muchachos se conectan para un trámite. Es, en no pocos lugares, el único espacio público techado, gratuito y sin consumo obligatorio.
Ese uso ampliado no es una desviación de su función: es su función en un territorio donde no hay otra cosa. Medir su desempeño solo por número de libros prestados es no haber entendido nada.
Lo que hace falta
No voy a pedir edificios nuevos. Pido tres cosas más aburridas y más útiles.
Primero, continuidad laboral para quienes atienden las salas, porque una biblioteca sin bibliotecario es un depósito. Segundo, renovación de colecciones: hay salas donde el material más nuevo tiene quince años, y un catálogo desactualizado se deja de visitar solo. Tercero, presupuesto para el movimiento, es decir, para la gasolina, para las cajas, para el mantenimiento de los vehículos y para los animales cuando el vehículo es un animal.
Nada de eso corta cintas ni sale en fotografía.
El cierre
La última que visité quedaba al final de una vía destapada, después de un puente de tablas. La sala estaba abierta, había tres niños haciendo tareas y una señora esperando un turno de computador. Sobre el escritorio, el cuaderno de préstamos con la letra pareja de quien lo llena desde hace años.
Eso es todo. No hay épica en ello, no hay indicador que lo capture bien y no hay comunicado de prensa que lo explique. Solo una puerta abierta al final de una carretera secundaria, todos los días, a la misma hora, esperando a que alguien entre.
Con eso basta. De hecho, con eso alcanza para más de lo que suele reconocerse.
Cuando un servicio público funciona gracias a la terquedad de quien lo presta, no está funcionando.
Temas
Visitas a bibliotecas publicas municipales y veredales, y documentacion sobre la red nacional de bibliotecas publicas.
Apéndice
- Fundada en 1777, una de las mas antiguas de America
- Red Nacional de Bibliotecas Publicas con presencia municipal
- Cajas viajeras, bibliobuses y bibliotecas a lomo de animal
- Espacio publico techado, conectividad y reuniones comunitarias
Quien escribe
Recorre pueblos y carreteras secundarias. Cree que la noticia está donde ya no hay reporteros.
