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2002 · Bellavista, Bojaya, Choco

Bojayá: el Cristo sin brazos

Una figura mutilada por una explosión se convirtió en el centro de la memoria de un pueblo del Atrato. Crónica de un duelo que tardó años en poder cerrarse.

Crónica · Esperanza Mosquera · 6 de febrero de 2025 · 8 min de lectura

La iglesia de Bellavista

El 2 de mayo de 2002, en medio de un combate entre la guerrilla de las Farc y grupos paramilitares dentro del casco urbano de Bellavista, cabecera del municipio de Bojayá, en el Chocó, la población buscó refugio en la iglesia de San Pablo Apóstol. Era el edificio más sólido del pueblo y el lugar donde uno se pone a salvo.

Un artefacto explosivo improvisado, de los que la guerrilla fabricaba con cilindros de gas, impactó la construcción. Murieron decenas de personas, muchas de ellas niños. Fue una de las masacres más graves del conflicto armado colombiano y ocurrió en un lugar al que solo se llega por río.

No hubo confusión sobre lo que pasó. Hubo, durante años, dificultad para hacerse cargo de ello.

La figura

Entre los escombros quedó una talla de Cristo crucificado a la que la explosión le arrancó los brazos y las piernas. El torso y la cabeza quedaron enteros.

La comunidad no la restauró. Decidió conservarla exactamente como quedó y convertirla en el objeto central de su memoria. Con el tiempo, esa figura mutilada se volvió el símbolo más reconocible de lo ocurrido, más que cualquier fotografía o cualquier informe.

Es una elección teológica y política a la vez. Un Cristo sin extremidades, expuesto en el altar de un pueblo negro del Pacífico, dice sobre el conflicto armado colombiano algo que ningún texto oficial consiguió decir.

El pueblo que se movió

Bellavista se reconstruyó en otro sitio, a poca distancia del original, con casas nuevas, calles trazadas y servicios. El caserío antiguo quedó como espacio de memoria, con la iglesia dañada en pie y el sitio de los hechos señalado.

Trasladar un pueblo no es solo mover casas. Bellavista Nuevo tiene una traza distinta, un relación diferente con el río y una vecindad organizada de otra manera. Muchos habitantes hablan de esos dos lugares como de dos tiempos de su vida.

Lo que faltaba

Durante años quedó pendiente algo elemental: identificar los restos y devolverlos a las familias. Los cuerpos habían sido enterrados en condiciones de urgencia, en medio del miedo y sin los procedimientos que permiten saber quién es quién.

El proceso de exhumación, identificación y entrega tomó mucho tiempo y exigió trabajo forense, acompañamiento sicosocial y una negociación permanente con las familias sobre cómo hacerlo. En 2019 se realizó el entierro colectivo que la comunidad llamó, con precisión, el entierro digno: ataúdes blancos, alabaos cantados por las alabadoras del medio Atrato, y un rito que duró varios días.

Un duelo interrumpido no se resuelve con un monumento. Se resuelve devolviendo los cuerpos con nombre.

Los alabaos

Hay que decir algo sobre esa música. El alabao es un canto fúnebre a capela, propio de las comunidades afrodescendientes del Pacífico, interpretado sobre todo por mujeres. Es lento, repetitivo, con una voz que guía y un grupo que responde.

En Bojayá esos cantos hicieron un trabajo que ninguna institución podía hacer. Acompañaron los velorios, sostuvieron las conmemoraciones anuales y le dieron forma sonora a la memoria del pueblo. Las alabadoras del medio Atrato han sido reconocidas por ese papel y siguen convocadas cada 2 de mayo.

El perdón

Años después de los hechos, la antigua guerrilla reconoció públicamente su responsabilidad ante la comunidad, en un acto realizado en el propio Bojayá. El reconocimiento fue recibido con una mezcla de aceptación y escepticismo que cualquiera entendería.

La comunidad de Bojayá ha sido, desde entonces, una de las más organizadas del país en materia de exigencia de verdad y de garantías de no repetición. Su comité ha participado en escenarios nacionales y ha insistido en un punto incómodo: la violencia en el medio Atrato no terminó en 2002 ni en 2016.

El río como única vía

Para entender por qué la respuesta institucional demoró tanto hay que mirar el mapa. A Bellavista se llega por el Atrato, en lancha, después de horas de navegación desde Quibdó. No hay carretera, no hay aeropuerto y la comunicación depende del río y del clima.

Eso explica muchas cosas: la dificultad para sacar heridos, la demora en la llegada de las autoridades, la fragilidad de los servicios de salud y educación, y la razón por la cual las comunidades del medio Atrato han quedado, una y otra vez, en medio de disputas armadas por el control de una vía fluvial estratégica.

Cada 2 de mayo

La conmemoración se repite cada año. Llegan delegaciones, se canta, se camina hasta el sitio de la iglesia vieja, se leen los nombres.

Lo que uno se lleva de Bojayá no es la magnitud de la cifra sino la calidad del trabajo de memoria: hecho por la comunidad, sostenido durante más de dos décadas, sin delegarlo. La figura mutilada del altar sigue ahí, sin brazos y sin piernas, mirando a un pueblo que decidió no arreglarla para que nadie pueda decir que no pasó nada.

Un duelo interrumpido no se resuelve con un monumento. Se resuelve devolviendo los cuerpos con nombre.

Temas

  • bojaya
  • atrato
  • memoria
  • conflicto
  • choco

Basado en informes públicos sobre la masacre de Bojayá, documentación del proceso de identificación y entrega de restos, y registros de las conmemoraciones anuales en Bellavista.

Apéndice

Fecha de los hechos
2 de mayo de 2002
Lugar
Iglesia de San Pablo Apostol, Bellavista, Bojaya, Choco
Contexto
Combate entre las Farc y grupos paramilitares dentro del casco urbano
Símbolo de memoria
Talla de Cristo mutilada por la explosion, conservada sin restaurar
Entierro digno
Entrega e inhumacion colectiva de restos identificados en 2019
Canto fúnebre
Alabaos interpretados por las alabadoras del medio Atrato

Quien escribe

Esperanza Mosquera

Directora

Escribe despacio y publica poco. Defiende la crónica como forma de archivo emocional de un país.

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