Caño Cristales: el color es una planta
El río más fotografiado del país no debe su rojo a un mineral ni a un alga, sino a una hierba acuática exigente. Crónica de una temporada corta.
Un río que solo funciona unas semanas
Caño Cristales corre sobre la Serranía de la Macarena, en el oriente del Meta, por un lecho de roca antiquísima. Es un caño angosto, de pocas decenas de kilómetros, con pozos circulares excavados por el remolino del agua y tramos donde la corriente baja en escalones.
Durante buena parte del año no tiene nada de particular: agua transparente sobre piedra oscura. El fenómeno que lo hizo famoso ocurre en una franja del calendario, más o menos entre mitad y final de año, cuando el caudal alcanza un punto intermedio.
Ni muy lleno ni muy seco. El río solo se pone rojo cuando el agua tiene la altura exacta.
La responsable
El color no viene del suelo ni de un alga microscópica. Viene de una planta acuática de la familia de las podostemáceas, adherida a la roca del lecho, que en Colombia se conoce con el nombre científico de Macarenia clavigera. Es una hierba que vive sumergida y sujeta a la piedra como si fuera un liquen.
Su exigencia es lo interesante. Necesita corriente permanente, sustrato rocoso limpio y una lámina de agua suficiente para cubrirla, pero no tanta como para dejarla sin luz. Cuando esas condiciones coinciden, la planta desarrolla pigmentos que van del rosado al rojo intenso y el fondo del caño se cubre de manchas de color.
Si el nivel sube demasiado, la profundidad apaga el efecto. Si baja de más, la planta se seca y muere. De ahí que la temporada sea corta y que su comienzo exacto varíe cada año según las lluvias.
Caminar sin tocar
El acceso se hace desde el casco urbano de La Macarena, en grupos pequeños, con guías locales y reglas estrictas. Están prohibidos los bloqueadores y repelentes antes de entrar al agua, porque cualquier residuo graso afecta a la planta. Hay tramos donde no se puede pisar el lecho. El número de visitantes por día está limitado.
Esas normas incomodan a algunos y son, en realidad, lo único que sostiene el sitio. Un río cuyo atractivo es una hierba frágil pegada a la roca no admite tráfico libre. Basta pisar en el lugar equivocado unas cuantas veces para dejar un parche pelado que tarda temporadas en recuperarse.
El territorio alrededor
Conviene decir dónde está esto. La serranía de La Macarena es una formación aislada, más antigua que los Andes, donde se cruzan tres grandes sistemas biológicos: la Amazonia, la Orinoquia y la cordillera. Ese encuentro produce una diversidad enorme en un área relativamente pequeña.
La zona está protegida como parque nacional natural desde hace décadas, pero la protección ha convivido con presiones fuertes: colonización agrícola, ganadería, cultivos de uso ilícito, deforestación en el borde del parque y, durante muchos años, conflicto armado. La Macarena estuvo cerrada al visitante por razones de seguridad durante largos periodos.
Aquí el turismo no llegó cuando el paisaje estuvo listo. Llegó cuando fue posible entrar.
Lo que cambió el turismo
La apertura convirtió a La Macarena en un municipio con economía de temporada. Guías, lancheros, cocineras, transportadores, alojamientos pequeños. Un ingreso que llega concentrado en pocos meses y que hay que estirar el resto del año.
La discusión local es la de siempre en estos casos: cuánta gente admitir. Más visitantes significan más ingreso y más riesgo para el recurso que genera el ingreso. La respuesta ha sido el cupo, y mantenerlo exige que la comunidad y la autoridad ambiental estén de acuerdo, que no siempre ocurre.
La caminata
El recorrido no es exigente pero sí caliente. Se atraviesan sabanas bajas, se pasa entre bloques de roca y se llega a los pozos por senderos marcados. Los guías nombran las cosas con precisión: este pozo, esta caída, esta especie.
En un tramo el fondo se pone completamente rojo bajo el agua, y el efecto es difícil de describir sin caer en el lugar común. Basta decir que no parece un río. Parece una superficie pintada que casualmente tiene agua encima.
El calor y el agua
Conviene decir cómo es el día. Se sale temprano del pueblo en lancha por el río Guayabero, se desembarca y se camina bajo un sol que no perdona. La roca refleja el calor y el aire quieto lo multiplica.
Los pozos donde está permitido bañarse son la recompensa. El agua es fría, oscura por el fondo de piedra y sorprendentemente profunda en algunos puntos. Nadie se quiere salir, y los guías tienen que insistir para seguir con el recorrido.
El regreso
Al salir, uno de los guías explicó que el color varía de una semana a otra y que hay temporadas flojas. Que la gente llega con la fotografía en la cabeza y a veces encuentra un río verde y ya está.
Lo dijo sin disculparse. El caño no le debe nada a nadie: hace lo que le permiten el nivel del agua y una hierba que lleva ahí mucho más tiempo que la carretera, el pueblo y la fotografía.
El río no le debe nada a nadie: hace lo que le permiten el nivel del agua y una hierba.
Temas
Basado en literatura botánica sobre podostemáceas, normativa de visitación del Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena y recorrido con guías locales.
Apéndice
- Serrania de la Macarena, municipio de La Macarena, Meta
- La planta acuatica Macarenia clavigera adherida al lecho
- Se limita a los meses de caudal intermedio, hacia mitad y final de año
- Area del Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena
- Cupos diarios, guia obligatorio y prohibicion de bloqueadores
Quien escribe
Escribe sobre ríos, páramos y las decisiones que los sostienen o los borran.
