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1928 · Salto del Tequendama, Cundinamarca

Tequendama: la caída que cambió de color

Fue postal romántica del siglo XIX y después símbolo de un río enfermo. La historia del salto es la historia de lo que le hicimos al agua.

Crónica · Simón Cárdenas · 6 de marzo de 2026 · 8 min de lectura

Ciento cincuenta metros de caída

El río Bogotá recorre la sabana con una pendiente mínima, lento y ancho, hasta que llega al borde del altiplano y se cae. Son alrededor de ciento cincuenta y siete metros de caída vertical en un solo salto, entre paredes de roca, con un estruendo que se oye desde bastante antes de ver el agua.

El fenómeno geológico es notable por sí mismo: la sabana de Bogotá fue en el pasado el fondo de un gran lago, y la apertura de esta salida hacia el occidente drenó ese cuerpo de agua y dejó el altiplano que hoy conocemos. El salto es, literalmente, el desagüe de una llanura.

Antes de ser paisaje, el Tequendama fue un mecanismo: el punto por donde la sabana aprendió a vaciarse.

El relato antiguo

Los muiscas explicaban el mismo proceso con otra gramática. En su tradición, la sabana estuvo inundada y fue Bochica quien abrió la roca con su bastón para que las aguas se fueran y la gente pudiera habitar la llanura.

Es una coincidencia que no deja de impresionar. La geología moderna y el relato antiguo describen el mismo acontecimiento, la apertura de una salida y el vaciamiento de un lago, con distintas herramientas. No hace falta forzar la comparación para reconocer que ambos relatos observaron con atención el mismo paisaje.

El siglo de la postal

En el siglo XIX el salto fue parada obligada de viajeros, naturalistas y dibujantes. Aparece en grabados, en acuarelas, en relatos de expedición. Era el tipo de escenario que le gustaba a la época: sublime, vertical, envuelto en neblina de agua pulverizada, con vegetación colgando de las paredes.

De esa condición de atractivo quedó la construcción más fotografiada del lugar, la gran casa de estilo europeo levantada en las primeras décadas del siglo XX sobre el filo del cañón, que funcionó como hotel y restaurante para los visitantes que llegaban a contemplar la caída. Es un edificio pensado enteramente para mirar hacia afuera.

Cuando el agua se volvió otra cosa

Y entonces cambió el río. El crecimiento de Bogotá y de los municipios de la sabana, sin tratamiento suficiente de aguas residuales durante décadas, convirtió el Bogotá en uno de los ríos más contaminados del país. A eso se sumaron los vertimientos industriales de la cuenca alta y media.

El efecto sobre el salto fue doblemente cruel: cambió el olor y cambió el color. La misma caída que atrajo a los viajeros del romanticismo se volvió un lugar del que la gente se alejaba. El hotel cerró y quedó abandonado durante muchos años, deteriorándose a la vista de todos, hasta convertirse en materia de leyendas urbanas más que de patrimonio.

Es una inversión completa de sentido. El mismo accidente geográfico pasó de ser motivo de orgullo a ser prueba de un fracaso ambiental colectivo, sin que la roca ni la caída cambiaran un centímetro.

El salto no se degradó. Se degradó lo que le llega. Un río es aquello que recibe.

La casa que volvió

En años recientes la vieja casa fue recuperada y convertida en un espacio museístico dedicado, entre otras cosas, a la historia natural y ambiental de la región. La decisión tiene una ironía útil: el edificio que se construyó para contemplar la belleza del salto se usa ahora para explicar cómo la perdimos.

Volvimos al sitio en una mañana de neblina. Desde los miradores, con el agua cayendo abajo y el ruido constante, la escena todavía funciona. La cantidad de agua impresiona, la profundidad del cañón impresiona, la vegetación que se agarra a las paredes impresiona. El problema aparece cuando el viento sube y trae el olor.

Lo que se intenta

Hay desde hace años programas de saneamiento del río Bogotá: plantas de tratamiento, obras de interceptores, sentencias judiciales que ordenan y calendarizan la recuperación de la cuenca. Los avances existen y son reales, aunque lentos y desiguales, y el desenlace todavía no está escrito.

Recuperar un río urbano es una tarea de décadas y de gasto sostenido, sin réditos visibles a corto plazo. Requiere una constancia administrativa que no abunda. Pero la escala del salto ayuda a entender por qué vale la pena: aquí, en este punto, todo lo que la sabana hizo con su agua se vuelve visible de golpe, concentrado en una sola caída.

Nos quedamos hasta que la neblina cubrió el cañón por completo. Con la vista tapada quedó solo el sonido, que es enorme y no ha cambiado en miles de años. Pensamos que ese ruido es la parte del Tequendama que sigue intacta, y que quizás sea la mejor manera de visitarlo hoy: con los ojos cerrados, oyendo el altiplano vaciarse como lleva haciéndolo desde antes de que hubiera nadie para verlo.

El salto no se degradó. Se degradó lo que le llega. Un río es aquello que recibe.

Temas

  • tequendama
  • riobogota
  • agua
  • contaminacion
  • sabana

Documentacion geologica sobre el drenaje de la sabana de Bogota, historia del edificio mirador y programas de saneamiento de la cuenca.

Apéndice

Altura de la caída
Cerca de 157 metros
Río
Rio Bogota
Ubicación
Limite entre Soacha y San Antonio del Tequendama
Casa mirador
Construida en la decada de 1920 y hoy espacio museistico

Quien escribe

Simón Cárdenas

Redactor de ambiente

Escribe sobre ríos, páramos y las decisiones que los sostienen o los borran.

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