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1977 · Sumapaz, Cundinamarca

Sumapaz, la esponja que no se ve

Es el páramo más extenso del planeta y provee agua a millones de personas que jamás han subido a verlo. Crónica de una lentitud vegetal.

Crónica · Simón Cárdenas · 3 de octubre de 2025 · 8 min de lectura

Subir despacio

Al páramo hay que subir despacio, y no por cortesía sino por fisiología. Por encima de los tres mil quinientos metros el aire se vuelve avaro y el cuerpo lo nota antes que la cabeza. Uno camina veinte pasos y se detiene, y en esa detención empieza, en realidad, la visita.

Porque el Sumapaz no se mira de corrido. Se mira cuando uno está quieto: entonces aparecen los detalles. El musgo empapado que cede bajo la bota. Los cojines de plantas duras y compactas, apretadas como si tuvieran frío. Las lagunas oscuras, quietas, que reflejan un cielo que cambia cada cuarto de hora.

Un lugar hecho de agua guardada

El páramo de Sumapaz es el más extenso del mundo. Se extiende principalmente sobre Cundinamarca, con porciones hacia el Meta y el Huila, y una parte considerable está protegida bajo el Parque Nacional Natural Sumapaz, declarado en la década de 1970. Sus alturas superan los cuatro mil metros.

Su función es sencilla de enunciar y difícil de reemplazar: retiene el agua. La lluvia y la niebla se quedan atrapadas en los suelos orgánicos, en los musgos, en las raíces, y luego se sueltan poco a poco, de forma constante, alimentando quebradas que alimentan ríos que alimentan acueductos. Un páramo sano entrega agua incluso en verano. Ese es todo el asunto.

El páramo no produce agua: la administra. Es un contador lento que evita que la lluvia se vaya de una sola vez.

El frailejón como criatura de tiempo

En el centro del paisaje está el frailejón, esa planta de tallo grueso y hojas peludas que parece diseñada para el frío y para la fotografía. Sus hojas cubiertas de vellosidades atrapan la humedad del aire; las hojas muertas no se caen, se quedan pegadas al tallo formando una funda que lo aísla del hielo nocturno.

Lo que impresiona de verdad no es la forma, sino el reloj. El frailejón crece muy poco cada año. Un ejemplar alto, de los que llegan a la altura de una persona, ha estado ahí durante décadas, viendo pasar gobiernos, sequías y visitantes. Pisar un frailejón no es dañar una planta: es borrar cincuenta años.

Eso obliga a caminar de otro modo. En el páramo no hay margen. Una huella profunda en suelo saturado puede durar mucho más de lo que dura la memoria de quien la dejó.

La otra historia del Sumapaz

Este páramo no es solo un ecosistema, es también un territorio con biografía política. La región del Sumapaz fue durante el siglo XX escenario de conflictos agrarios prolongados y de organizaciones campesinas de larga tradición. Hubo colonización, hubo disputa por la tierra, hubo violencia. Y hubo, también, familias que se instalaron a esa altura y aprendieron a vivir donde el clima no perdona.

Esa doble condición (santuario hídrico y territorio habitado) es la que hace complicada cualquier conversación sobre su futuro. Un páramo no es un parque vacío. Tiene gente que lleva generaciones allí y cuyas actividades (ganadería de altura, papa) presionan justamente el suelo que hay que proteger. Cualquier solución que ignore ese hecho está condenada a ser un documento y no una política.

Las tres de la tarde

Hay una hora en el Sumapaz, alrededor de media tarde, en que la niebla sube desde la hondonada y borra el paisaje en cuestión de minutos. Uno deja de ver los cerros, luego deja de ver las lagunas, y al final ve solo lo que tiene a tres metros. La escala se vuelve íntima a la fuerza.

Volvimos al sitio dos veces y las dos veces ocurrió lo mismo. Y las dos veces produjo el mismo efecto: dejar de pensar en el páramo como panorama y empezar a pensarlo como suelo. Porque abajo, en ese metro cuadrado de musgo empapado, es donde está sucediendo todo lo importante.

Millones de personas beben del Sumapaz cada mañana y muy pocas sabrían señalarlo en un mapa. Esa distancia es el problema.

Lo que está en juego

Los páramos son sistemas de alta montaña tropical y no abundan en el planeta: la mayor parte de los que existen están en los Andes del norte, y Colombia concentra una porción muy alta de ellos. Es una responsabilidad geográfica que no se pidió pero que se tiene.

Las amenazas son conocidas y llevan décadas enunciadas: la expansión de la frontera agrícola hacia arriba, la ganadería en zonas de recarga, la minería en los bordes, y el calentamiento, que empuja los pisos térmicos hacia cotas más altas y les quita espacio a especies que ya viven en el techo y no tienen a dónde mudarse.

Bajamos al final del día con la ropa mojada y las manos frías. Desde el carro, el páramo se veía otra vez como paisaje, ordenado y lejano, casi decorativo. Pensamos entonces que ese es exactamente el punto de vista que lo pone en riesgo: verlo desde lejos, entero y quieto, sin acordarse de que cada centímetro de ese verde tardó una vida humana en formarse.

Pisar un frailejón no es dañar una planta: es borrar cincuenta años.

Temas

  • paramo
  • agua
  • frailejon
  • sumapaz
  • montana

Recorridos de campo y literatura tecnica sobre ecosistemas de paramo y regulacion hidrica en los Andes del norte.

Apéndice

Extensión protegida
Mas de 300.000 hectareas en el parque nacional
Altura máxima
Por encima de los 4.000 metros
Declaratoria
Parque Nacional Natural en 1977
Función principal
Regulacion hidrica para la region andina central

Quien escribe

Simón Cárdenas

Redactor de ambiente

Escribe sobre ríos, páramos y las decisiones que los sostienen o los borran.

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