Mompox, la villa que el río dejó
Fue puerto obligado del Magdalena y hoy es un pueblo al que hay que desviarse. La historia de una ciudad que sobrevivió porque el agua la olvidó.
Llegar tarde a propósito
A Santa Cruz de Mompox se llega con demora, y esa demora es parte del asunto. El pueblo está sobre el brazo de Mompox, uno de los dos cauces en que el río Magdalena se parte al entrar en la depresión momposina. Durante siglos ese brazo fue la ruta principal del país hacia el interior. Hoy es el ramal secundario, y la villa que lo bordea quedó al margen de las prisas.
La calle de la Albarrada corre paralela al agua. Del lado del río, un muro bajo y unos escalones que bajan a la orilla; del lado de la tierra, casas de una sola planta con portales altos, ventanas enrejadas y patios que se prolongan hacia atrás. La proporción es siempre la misma: fachadas largas, poca altura, mucha sombra.
El río se fue por el otro lado y la ciudad se quedó quieta. Esa quietud fue, sin quererlo, la mejor política de conservación.
Una ciudad hecha por el tránsito
La villa se fundó en el siglo XVI en un punto de paso obligado. Todo lo que subía desde Cartagena hacia Santa Fe pasaba por aquí: mercancías, funcionarios, correspondencia, contrabando. Mompox tuvo casas de comercio, talleres de platería, colegios y conventos porque era una estación en la ruta más importante del virreinato, no porque tuviera tierra especialmente buena.
Esa condición de nudo explica su arquitectura. Las casas grandes tenían patio para bestias y bodega para carga. Las iglesias se levantaron con el dinero de familias que vivían del río. La torre de Santa Bárbara, con su balcón corrido y su remate octogonal, es la pieza más citada del conjunto y también la más rara: no se parece a ninguna otra torre colonial del país.
Lo que hizo el sedimento
Y entonces el río cambió de opinión. El brazo de Mompox se fue colmatando de sedimento, se hizo menos navegable y el tráfico mayor se corrió al brazo de Loba. No hubo un día exacto en que eso ocurriera; fue un proceso de décadas que los momposinos vieron llegar sin poder hacer nada.
Cuando el vapor dejó de detenerse, la villa perdió su razón económica. Las casas de comercio cerraron, las familias que pudieron se fueron a Barranquilla o a Cartagena, y el pueblo entró en un largo periodo sin obras nuevas.
Esa es la paradoja del lugar: Mompox conserva su traza y sus casas porque durante más de un siglo nadie tuvo dinero para tumbarlas. La decadencia hizo el trabajo que en otras ciudades habría exigido una política de patrimonio.
Los oficios que quedaron
No todo se fue. La filigrana, el trabajo del hilo de plata, siguió en talleres familiares que hoy siguen abiertos. La ebanistería de mecedoras momposinas se mantuvo. Y quedó la Semana Santa, que en Mompox se organiza con una disciplina de gremio: los nazarenos, las cargas de los pasos, el recorrido que se repite cada año con las mismas paradas.
Quien llega en esos días encuentra una ciudad que se llena y luego vuelve a vaciarse. El resto del año la actividad es la de un municipio pequeño, con calor de mediodía y siestas largas.
Aquí el patrimonio no está en un edificio. Está en una manzana entera que nadie modificó.
El reconocimiento
En el siglo XX el Estado colombiano protegió el sector histórico y, más tarde, la Unesco lo inscribió en su lista de patrimonio mundial. Los argumentos fueron los mismos que cualquier visitante intuye caminando: una traza urbana colonial casi intacta, adaptada a la ribera de un río, con una arquitectura civil de gran coherencia.
El reconocimiento trajo turismo, restauraciones y también los problemas conocidos: predios comprados por foráneos, casas convertidas en hoteles, presión sobre los precios. Es la conversación que hoy ocurre en la Albarrada al atardecer, cuando la gente saca las sillas a la calle.
La Semana Santa
Hay una semana del año en que la villa recupera algo de su antigua densidad. La Semana Santa momposina se organiza con disciplina de gremio: los nazarenos con su túnica, los pasos cargados por familias que heredan el turno, un recorrido nocturno que repite las mismas paradas desde hace generaciones.
Lo que más impresiona no es la solemnidad sino la precisión. Cada quien sabe dónde va, a qué hora y detrás de quién. Es una coreografía de pueblo entero, sostenida sin ensayo general, que funciona porque la gente lleva toda la vida viéndola antes de participar en ella.
Al final de la tarde
El río sigue ahí, más ancho de lo que uno espera y más lento. Pasan canoas, pasan planchones, pasa un motor que se oye mucho antes de que se vea. Al frente, la orilla contraria es una línea verde sin edificios.
Un señor que arreglaba una red nos dijo, sin darle importancia, que antes por aquí pasaban los barcos grandes. Lo dijo como quien menciona un dato de otra época, sin nostalgia y sin reclamo.
Mompox no está esperando que el río vuelva. Aprendió, hace mucho, a vivir de lo que quedó cuando el agua se fue por otra parte.
El río se fue por el otro lado y la ciudad se quedó quieta.
Cronología
1540
Se funda la villa de Santa Cruz de Mompox a orillas del brazo occidental del Magdalena.
1810
El 6 de agosto Mompox declara su independencia absoluta de la Corona española.
1812
Simón Bolívar toma Mompox durante la campaña del bajo Magdalena.
1900
Hacia comienzos del siglo XX la navegación mayor ya usa el brazo de Loba y el puerto pierde tráfico.
1959
La Ley 163 incluye el sector histórico de Mompox entre los monumentos nacionales.
1995
La Unesco inscribe el centro histórico en la Lista del Patrimonio Mundial.
Temas
Basado en el expediente de declaratoria de la Unesco para el centro histórico de Mompox, documentación sobre la navegación del bajo Magdalena y recorrido propio por la villa.
Apéndice
- Villa de Santa Cruz de Mompox, siglo XVI
- Brazo de Mompox del rio Magdalena, depresion momposina
- Sector historico protegido por la Ley 163 de 1959
- Inscrito por la Unesco en 1995
- Filigrana en plata y ebanisteria de mecedoras
Quien escribe
Trabaja con archivos, actas y fotografías familiares. Reconstruye lo que la prisa dejó atrás.
