Teyuna: las terrazas que esperaron
En la Sierra Nevada de Santa Marta hay una ciudad de piedra que la selva guardó durante siglos. Subimos sus escalones a la velocidad que exige.
Cuatro días de subida
No hay manera rápida de llegar. Esa es, quizás, la primera cosa importante que hay que decir sobre Teyuna: el sitio se defiende solo por distancia. Se camina varios días por la Sierra Nevada de Santa Marta, se cruzan ríos que en época de lluvias suben de golpe, se atraviesan tramos de bosque húmedo donde el sudor no se evapora nunca y la ropa no vuelve a secarse hasta el final del viaje.
En esa lentitud impuesta hay algo pedagógico. Uno llega cansado, y llegar cansado a un lugar así modifica la manera de mirarlo. No es una visita: es una llegada.
El último tramo
El acceso final es una escalera de piedra empinada, larga, tallada en la ladera, de peldaños irregulares que obligan a mirar los pies. Son más de mil escalones. Se sube con la respiración corta y la vista baja, y por eso el efecto es tan fuerte cuando por fin se levanta la cabeza: la selva se abre y aparecen las terrazas, círculos y anillos de piedra encajados en la pendiente, escalonados unos sobre otros hasta perderse en el verde.
No hay muros ni templos verticales. Lo que hay es una obra de nivelación gigantesca: una montaña reorganizada, plataforma tras plataforma, para que sobre ella pudiera vivir gente.
Teyuna no impresiona por altura sino por paciencia. Es una ciudad hecha de terreno domesticado, no de monumentos.
Quiénes la hicieron
El sitio fue construido por sociedades de la familia cultural que se conoce como tairona, con una ocupación que se remonta a varios siglos antes de la llegada de los europeos. No fue un lugar aislado: formaba parte de una red de asentamientos comunicados entre sí por caminos empedrados que recorrían la Sierra, subiendo y bajando entre pisos térmicos.
Esa red es la clave para entender el conjunto. La Sierra Nevada de Santa Marta es un macizo aislado que va del mar a las nieves en muy poca distancia horizontal, y por lo tanto concentra casi todos los climas posibles. Un sistema de poblados articulados a distintas alturas permitía acceder a productos de todos esos pisos. La ciudad no era una capital solitaria: era un nodo.
El silencio de en medio
Después de la Conquista, los asentamientos de la Sierra fueron abandonados o desarticulados, y la selva hizo lo que hace la selva. Las terrazas quedaron cubiertas por raíces y hojarasca. Durante siglos el lugar existió sin ser mirado por nadie más que por los pueblos que siguieron habitando la Sierra y que nunca dejaron de considerarlo suyo.
El redescubrimiento moderno ocurrió en la década de 1970 y no fue arqueológico sino de saqueo: fueron guaqueros quienes dieron con el sitio buscando piezas de oro. Poco después entraron las instituciones y comenzó el trabajo científico de limpieza, registro y conservación. Es un origen incómodo y hay que decirlo tal cual, porque explica muchas de las pérdidas que hoy son irreparables.
Los que nunca se fueron
Lo que hace a Teyuna distinta de otras ruinas célebres es que no es una civilización extinguida. En la Sierra Nevada viven hoy pueblos indígenas (kogui, wiwa, arhuaco, kankuamo) que son descendientes de aquellas sociedades y que mantienen una relación activa y ritual con el territorio.
Para ellos el sitio no es un yacimiento sino un lugar vivo dentro de un sistema mayor de puntos sagrados que ordena toda la montaña. Esa diferencia de estatuto (patrimonio arqueológico para unos, espacio ceremonial en uso para otros) es la tensión permanente de la administración del lugar, y también su rasgo más interesante.
La palabra ruina implica que algo terminó. Aquí lo único que terminó fue la ocupación de las terrazas, no la de la montaña.
La forma del agua
Caminando entre las plataformas aparece un detalle que se agradece con el cuerpo: el manejo del agua. Hay canales, desagües y muros de contención pensados para que la lluvia (que en la Sierra es abundante y violenta) circule sin arrastrar el suelo.
Es la parte menos fotogénica de la obra y probablemente la más difícil. Construir en una ladera tropical húmeda significa pelear todos los años contra la erosión. Que las terrazas sigan en pie después de tanto tiempo, y después de siglos sin mantenimiento, dice más sobre la calidad de esa ingeniería que cualquier descripción de su tamaño.
Bajar
Nos quedamos hasta última hora en la terraza más alta. A esa hora la luz entra baja entre los árboles y el vapor sube del bosque en columnas delgadas. Se oye agua permanentemente, aunque no se vea. Y se oyen los pájaros de la tarde, que en la Sierra son muchos y ruidosos.
La bajada, al día siguiente, se hizo en silencio, como se hacen las bajadas. Pensamos en el esfuerzo acumulado que representa cada plataforma, en las generaciones que cargaron piedra por esa misma pendiente, y en el hecho llano de que la selva estuvo lista, en todo momento, para volver a cubrirlo todo.
Sigue estándolo. Sin trabajo constante de conservación, la vegetación recuperaría las terrazas en pocos años. Ese es, tal vez, el aprendizaje más sobrio del viaje: lo que hoy vemos no sobrevivió solo. Sobrevive porque alguien, cada temporada, sube a impedir que desaparezca.
La palabra ruina implica que algo terminó. Aquí lo único que terminó fue la ocupación de las terrazas.
Temas
Informacion de investigaciones arqueologicas sobre asentamientos tairona en la Sierra Nevada y recorrido por el camino de acceso.
Apéndice
- Sierra Nevada de Santa Marta
- Cerca de 1.200 metros sobre el nivel del mar
- Mas de mil escalones de piedra
- 1972, por guaqueros
- Kogui, wiwa, arhuaco y kankuamo
Quien escribe
Escribe despacio y publica poco. Defiende la crónica como forma de archivo emocional de un país.
