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1995 · Zipaquira, Cundinamarca

Zipaquirá, la montaña hueca

Antes de la catedral y de los turistas hubo un mineral que sostuvo economías enteras. Bajamos a leer los socavones como se lee un archivo.

Crónica · Amalia Pinzón · 24 de octubre de 2025 · 8 min de lectura

El primer olor

Lo primero que se percibe al entrar no es la oscuridad, es el aire. Tiene un peso distinto, una sequedad mineral que se instala en la garganta y avisa que uno ya no está afuera. Después vienen la temperatura constante, el sonido amortiguado de los pasos y esa sensación particular de que la roca, alrededor, no es roca: es sal.

Se puede raspar la pared con la uña y probarla. Todo el mundo lo hace. Es un gesto involuntario, casi infantil, y también la manera más rápida de entender de qué está hecho el lugar.

Antes de que hubiera minas

La explotación de sal en esta zona de la sabana es muy anterior a la llegada de los europeos. Los muiscas trabajaban las salinas de la región y la sal fue una de sus mercancías de intercambio más importantes, negociada por rutas largas con pueblos de tierras cálidas. No era condimento: era conservación, era comercio, era poder.

Esa continuidad es lo que hace del lugar un documento raro. Muy pocos sitios productivos del país pueden trazar una línea sin cortes desde antes de la Conquista hasta hoy. Aquí la línea existe, aunque cambien las técnicas: del agua salada evaporada en vasijas de barro a los socavones, y de los socavones a la explotación industrial moderna.

La sal es el único mineral que la gente se lleva a la boca todos los días sin pensar de dónde salió. Su historia es invisible por exceso de cotidianidad.

Del archivo al socavón

Buena parte de lo que sabemos de esta actividad no está en la montaña sino en los papeles: concesiones, cuentas de arriería, registros de estanco. Durante la Colonia y buena parte de la República la sal fue renta oficial, lo que quiere decir que fue medida, gravada y anotada con una obsesión administrativa que hoy resulta muy útil.

Leer esos registros es una experiencia extraña. Uno espera encontrar geología y encuentra contabilidad. Cargas, precios, fletes, nombres de sitios de acopio. Y en esa aritmética repetida aparece, sin proponérselo, el mapa económico de media Colombia: por dónde iban las mulas, qué pueblos vivían del paso de la sal, cuánto valía llegar a cada destino.

Las dos catedrales

La montaña guarda dos templos, no uno. El primero se habilitó a mediados del siglo XX dentro de galerías ya explotadas y funcionó durante décadas, hasta que problemas estructurales obligaron a cerrarlo. El segundo, el que hoy visita el público, se construyó después en un nivel más profundo y se abrió en la década de 1990.

Esa sucesión dice algo sobre el lugar. La catedral no fue un proyecto turístico concebido desde una oficina, fue una costumbre que se formalizó: los mineros habían instalado desde antes espacios de devoción bajo tierra, capillas improvisadas en los frentes de trabajo, imágenes en nichos abiertos en la sal. Trabajar bajo la montaña genera esa clase de necesidad. Lo que hoy tiene iluminación escénica empezó siendo una vela.

El oficio

De todo lo que hay allá abajo, lo que más se resiste a la explicación es el oficio. La minería de sal tuvo sus propias técnicas, su vocabulario, su manera de sostener el techo y de avanzar en la veta. Ese conocimiento se transmitía en el trabajo, hablado, sin manuales, y muchas veces dentro de las mismas familias durante generaciones.

Hoy el visitante recorre un circuito señalizado, con barandas y con luz, que es lo contrario de un frente de trabajo. Y sin embargo hay tramos donde las marcas de herramienta siguen en la pared, líneas paralelas, monótonas, hechas a mano. Nos quedamos un rato ahí, sin decir nada. Es la parte del lugar que no fue diseñada para ser vista.

Un socavón no cuenta lo que se extrajo. Cuenta cuántas horas de brazo costó extraerlo.

Arriba

Afuera, el pueblo tiene el aire de las ciudades que fueron ricas por un producto. Plaza amplia, casas de una época, la sensación de una escala pensada para más movimiento del que hoy tiene. La estación del ferrocarril completa el cuadro: los rieles que llegaron para sacar el mineral hicieron después otras cosas, entre ellas traer gente.

Es una transformación reconocible en muchos lugares: primero el recurso, luego la infraestructura que lo mueve, luego la ciudad que crece alrededor de la infraestructura y, mucho después, la conversión de todo eso en objeto de visita. Cada capa tapa un poco a la anterior sin borrarla del todo.

Volvimos a subir a la superficie a media tarde. Después de un par de horas bajo tierra, la luz de la sabana parece exagerada y el frío del altiplano se siente más limpio. Traíamos ese sabor mineral todavía en la boca, y con él la impresión de haber recorrido menos un lugar turístico que una veta larga de trabajo humano, ordenada capa por capa como en cualquier archivo bien llevado.

Uno espera encontrar geología y encuentra contabilidad.

Temas

  • sal
  • mineria
  • zipaquira
  • muiscas
  • archivo

Documentacion sobre el estanco de la sal, registros de explotacion salinera y recorrido por las galerias abiertas al publico.

Apéndice

Profundidad de la catedral actual
Cerca de 180 metros bajo la superficie
Explotación previa
Salinas trabajadas por los muiscas antes de la Conquista
Primera catedral subterránea
Habilitada en 1954
Catedral actual
Abierta en 1995

Quien escribe

Amalia Pinzón

Editora de memoria

Trabaja con archivos, actas y fotografías familiares. Reconstruye lo que la prisa dejó atrás.

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